Un poco más que dos tazas separaban nuestras manos y empecé
a desglosar el significado de su silencio.
Solo pude observar su ritual matutino: la forma en que el
café caía en la taza, la pequeña mancha de leche que decoraba el café; como
quien pretende llenar de luz un oscuro vacío, el azucarado polvo de
estrellas… y luego él se bebió el
universo entero.
Fue el día en que le observé más, incluso más que a mí
misma. No sentí el sabor del anhelado café porque mi gusto, mi vista y el resto
de mis sentidos se concentraban en el humo de su cigarro que moría en el aire.
Yo respiraba su agonizante suspiro…
No terminaba yo de llenarme de ese humo hiriente cuando su
sombra cubrió mi rostro, el mantel y casi todo…
El sol se fue y volvió en un parpadeo dejando mis ojos
nublados de recuerdos.
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