miércoles, 4 de febrero de 2015

Universo a medio llenar

 Nos encontramos como era acostumbrado frente la parada del autobús, no hubo tiempo –o más bien deseo-  de detenernos  a saludar. Seguí sus pasos y cruzamos el umbral del ya conocido café.

Un poco más que dos tazas separaban nuestras manos y empecé a desglosar el significado de su silencio.

Solo pude observar su ritual matutino: la forma en que el café caía en la taza, la pequeña mancha de leche que decoraba el café; como quien pretende llenar de luz un oscuro vacío, el azucarado polvo de estrellas…  y luego él se bebió el universo entero.

Fue el día en que le observé más, incluso más que a mí misma. No sentí el sabor del anhelado café porque mi gusto, mi vista y el resto de mis sentidos se concentraban en el humo de su cigarro que moría en el aire. Yo respiraba su agonizante suspiro…

No terminaba yo de llenarme de ese humo hiriente cuando su sombra cubrió mi rostro, el mantel y casi todo…

El sol se fue y volvió en un parpadeo dejando mis ojos nublados de recuerdos. 

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