miércoles, 4 de febrero de 2015

El cascarón roto.


La noche escarlata era cómplice de los hombres espectrales, la gente corría asustada y caía al suelo en medio de cada explosión, las lágrimas de hombres y mujeres atenuaban el asfalto pintado con capas de diferente sangre,  ya no había diferencia entre la sangre virgen, la sangre pagana, la sangre triste; solo se sabía que el mundo estaba acabando  -quien sabe desde hace cuánto- y este era el fin para todos sin excepción, o eso parecía.

A diferencia de ellos, no sentía miedo, caminaba lentamente sobre ese mar rojo iluminado por la luna, que valientemente se posaba en el cielo, redonda, sin problemas, sin una mancha de sangre, en el mejor asiento galáctico para contemplar la posible destrucción del hombre. Desgraciadamente no soy la luna, solo soy un hombre medio lunático que siente haber perdido todo en este mundo. Tal vez es esa la razón para no sentir miedo, las mujeres corrían para proteger la vida de sus hijos, los hombres lloraban al sentirse desprotegidos, y yo estaba caminando por la ciudad sin una persona por la cual llorar, sin alguien que buscara protegerme.

Me pregunto desde cuando me siento así, se me hace absurdo no tener alguien para mirar a la cara, tal vez la gente me importa poco; hay un sin sabor que me castiga el vientre, no hay razones para llorar más allá de mi propia destrucción. Descubro que soy poco humano cuando camino en medio de la sangre, cuando escucho los gritos y continúo sin mirar atrás, no hay nada que me duela salvo el estar solo sin saber siquiera quien soy.

El camino poco a poco se va agotando, el mar –ahora seco- forma sobre la tierra un desierto, los gritos se escuchan lejanos,  el planeta azul se vuelve una réplica trágica de Marte, camino solo con los rugidos que emite el cascarón de mi cuerpo, veo la luna con ganas de ocultarse y me doy cuenta de que para sobrevivir a los hombres espectrales no era necesario huir, solo se necesitaba caminar con calma, con el corazón semi-detenido,  la mente en la luna y esa sensación de  estar solo en el infinito.

Me he equivocado de decisión, no quería sobrevivir, quería recibir el certero ataque de la muerte; ahora es tiempo de correr sin mirar hacia adelante dejando caer las lágrimas por no haber muerto, buscando estrellar este cascaron rojo sobre el filo venenoso de la tierra, desplomando el desierto con la rudeza de mi alma.

El fin ha llegado, el hombre espectral muere en el suelo, esta vez alegre por terminar con esta absurda historia. 

Universo a medio llenar

 Nos encontramos como era acostumbrado frente la parada del autobús, no hubo tiempo –o más bien deseo-  de detenernos  a saludar. Seguí sus pasos y cruzamos el umbral del ya conocido café.

Un poco más que dos tazas separaban nuestras manos y empecé a desglosar el significado de su silencio.

Solo pude observar su ritual matutino: la forma en que el café caía en la taza, la pequeña mancha de leche que decoraba el café; como quien pretende llenar de luz un oscuro vacío, el azucarado polvo de estrellas…  y luego él se bebió el universo entero.

Fue el día en que le observé más, incluso más que a mí misma. No sentí el sabor del anhelado café porque mi gusto, mi vista y el resto de mis sentidos se concentraban en el humo de su cigarro que moría en el aire. Yo respiraba su agonizante suspiro…

No terminaba yo de llenarme de ese humo hiriente cuando su sombra cubrió mi rostro, el mantel y casi todo…

El sol se fue y volvió en un parpadeo dejando mis ojos nublados de recuerdos. 
Bobblehead Bunny