La noche escarlata era cómplice de los hombres espectrales,
la gente corría asustada y caía al suelo en medio de cada explosión, las
lágrimas de hombres y mujeres atenuaban el asfalto pintado con capas de
diferente sangre, ya no había diferencia
entre la sangre virgen, la sangre pagana, la sangre triste; solo se sabía que
el mundo estaba acabando -quien sabe
desde hace cuánto- y este era el fin para todos sin excepción, o eso parecía.
A diferencia de ellos, no sentía miedo, caminaba lentamente
sobre ese mar rojo iluminado por la luna, que valientemente se posaba en el
cielo, redonda, sin problemas, sin una mancha de sangre, en el mejor asiento
galáctico para contemplar la posible destrucción del hombre. Desgraciadamente
no soy la luna, solo soy un hombre medio lunático que siente haber perdido todo
en este mundo. Tal vez es esa la razón para no sentir miedo, las mujeres corrían
para proteger la vida de sus hijos, los hombres lloraban al sentirse
desprotegidos, y yo estaba caminando por la ciudad sin una persona por la cual
llorar, sin alguien que buscara protegerme.
Me pregunto desde cuando me siento así, se me hace absurdo
no tener alguien para mirar a la cara, tal vez la gente me importa poco; hay un
sin sabor que me castiga el vientre, no hay razones para llorar más allá de mi
propia destrucción. Descubro que soy poco humano cuando camino en medio de la
sangre, cuando escucho los gritos y continúo sin mirar atrás, no hay nada que
me duela salvo el estar solo sin saber siquiera quien soy.
El camino poco a poco se va agotando, el mar –ahora seco-
forma sobre la tierra un desierto, los gritos se escuchan lejanos, el planeta azul se vuelve una réplica trágica
de Marte, camino solo con los rugidos que emite el cascarón de mi cuerpo,
veo la luna con ganas de ocultarse y me doy cuenta de que para sobrevivir a los
hombres espectrales no era necesario huir, solo se necesitaba caminar con
calma, con el corazón semi-detenido, la
mente en la luna y esa sensación de
estar solo en el infinito.
Me he equivocado de decisión, no quería sobrevivir,
quería recibir el certero ataque de la muerte; ahora es tiempo de correr sin
mirar hacia adelante dejando caer las lágrimas por no haber muerto, buscando
estrellar este cascaron rojo sobre el filo venenoso de la tierra, desplomando
el desierto con la rudeza de mi alma.
El fin ha llegado, el hombre espectral muere en el suelo,
esta vez alegre por terminar con esta absurda historia.